La casa de los abuelos

La Casa de los Abuelos

La Casa de los Abuelos

La casa de los abuelos. Así la llamaba Mateo, aunque ya nadie vivía en ella. Se alzaba sobre sus zancos de madera, como un viejo animal cansado, mirando hacia las colinas verdes y ondulantes de Biblián. El cielo, cargado de nubes grises, parecía llorar por ella.

Cada vez que regresaba de la ciudad, Mateo sentía la necesidad de caminar por el campo de hierba alta hasta llegar a este punto. Se detenía y simplemente la observaba. Podía escuchar el eco de las risas de su infancia, el crujido de las escaleras de madera bajo los pies de su abuela Inés y el sonido de la lluvia golpeando las tejas de barro, un sonido que era la nana de todas sus siestas.

La pared, una mezcla de bahareque y madera que ahora se desmoronaba, guardaba más historias que cualquier libro. Recordaba el olor a tierra húmeda y a leña quemada que siempre impregnaba el aire. En la abertura del segundo piso, como un fantasma en su puesto, aún estaba la pequeña silla donde su abuelo Manuel se sentaba cada tarde. Desde allí, con la mirada perdida en su sembrío de maíz y papas, juzgaba el clima y decidía el trabajo del día siguiente.

Los vecinos le habían dicho a Mateo que la derribara. "Ya no sirve, Mateo. Es un peligro", le aconsejaban. Pero para él, no era solo una estructura. Era el ancla de su familia. Su abuelo la había construido con sus propias manos, mezclando el lodo con paja y clavando cada tabla de eucalipto. En esa casa habían nacido sus tíos, había llorado su madre y había soñado él mismo con mundos lejanos que, irónicamente, ahora le parecían vacíos.

Mientras el viento silbaba a través de las tejas rotas, Mateo se imaginó el calor del fogón, el sabor del mote recién cocido y la seguridad de estar bajo ese techo. La casa estaba herida, sí. El tiempo y el abandono la habían golpeado sin piedad. Pero no estaba muerta.

En el silencio del campo cañari, roto solo por el viento, Mateo tomó una decisión. No iba a dejar que se cayera. No podía. Arreglaría el techo, reforzaría las paredes, cambiaría las tablas podridas. Lo haría él mismo, como lo hizo el abuelo. Porque esa casa no era una ruina; era una raíz. Y un hombre, por muy lejos que viaje, nunca debe olvidar dónde están sus raíces.

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