Narrativa personal: educación, introspección y creación

Narrativa Personal – Marco Vinicio

Narrativa personal: educación, introspección y creación

Estudié en una escuela rural y posteriormente en una institución urbana. Considero que mi experiencia más significativa tuvo lugar en la ciudad, no tanto por el entorno académico, sino por las vivencias humanas que marcaron mi formación. Allí conocí amistades duraderas y también enfrenté desencuentros que me confrontaron con mis propios límites. A pesar de atravesar ciertos desequilibrios emocionales que afectaban mi estado psíquico y comportamiento, aprendí a sostener una actitud resiliente frente a las adversidades.

A veces me cuestiono: ¿y si hubiera permanecido en la escuela rural? Tal vez mi vida habría tomado un rumbo diferente. No obstante, reconozco que en aquel contexto carecía de herramientas fundamentales como computación e inglés, y las relaciones interpersonales no facilitaban un diálogo profundo ni confiable. Aun así, aquel recorrido me enseñó a cultivar una cierta serenidad, aunque ello no significó santidad ni perfección. Solo tranquilidad. Y, curiosamente, esa misma actitud —aparentemente inofensiva— fue motivo para que algunos me trataran con informalidad e incluso falta de ética. No quiero decir “hostilidad”, sino más bien un trato carente de amistad genuina.

Cuando ingresé al colegio, descubrí un mundo regido por normas implícitas y estructuras que no siempre comprendía. Una de las lecciones que aún resuena en mí es la tensión entre la obediencia institucional y el castigo que a veces no parecía justo. No culpo a los docentes; al contrario, reconozco que muchos de ellos actuaban con compromiso dentro de un sistema que también los limitaba. No hubo malicia, sino restricciones heredadas de una tradición educativa rígida, donde algunos temas eran considerados tabú. Y el tabú, por definición, no se discute: se silencia.

Había asuntos que no se podían nombrar. No era necesario prohibirlos de forma explícita; bastaba una mirada, un silencio prolongado, o una corrección indirecta para comprender que no debían mencionarse. Yo, sin embargo, sentía una necesidad creciente de pensar, de cuestionar, de expresar. Algunas amistades me acompañaron en ese proceso: me impulsaron a reflexionar sobre la realidad social, a opinar sin miedo. Pero pronto aprendí que hablar libremente puede ser, a la vez, un acto de liberación y una forma de aislamiento.

Como escribiría Dostoievski, “la conciencia es a veces un castigo mayor que la propia culpa”. Y yo, que solo buscaba comprensión, terminé siendo un observador en un escenario que me excluía silenciosamente. No por rechazo directo, sino por la incomodidad que produce quien piensa distinto. Aún me duele, y aún intento comprenderlo. Tal vez me excedí en mi forma de decir. Tal vez no. Pero esa sinceridad me condujo a la soledad, y todavía me encuentro ahí, intentando transformar esa soledad en creación.

Durante la universidad redescubrí mi afinidad por la computación, a pesar de que mi vocación principal ha sido la medicina. Comprender el cuerpo humano, desde la célula hasta la mente, me ha permitido entrever las conexiones entre lo biológico y lo simbólico. Y también entender cómo la tecnología, nacida de la inteligencia humana, puede emplearse para el bien o para la deshumanización.

La inteligencia artificial, por ejemplo, es una herramienta poderosa. Pero, en manos irresponsables, se convierte en un medio para amplificar burlas, memes y chistes que ridiculizan al otro. Y burlarse de alguien por lo que es o no puede hacer no es humano. Me pregunto: ¿por qué se ha normalizado tanto la risa a costa del dolor ajeno? Un maestro alguna vez me dijo: “La educación nace en casa”. Y esa frase, más que una consigna, la sostengo como esperanza. Aún creo que el ser humano es educable. A diferencia de la IA, que solo imita, nosotros podemos elegir no repetir lo que hiere.

Hoy los algoritmos propagan el sarcasmo con tal velocidad que un meme puede llegar a un niño antes que una palabra amorosa. Y algunos padres —quizá por desconocimiento, quizá por cercanía generacional— no cuestionan estos contenidos. Hablo aquí no de educación técnica, sino de formación moral, personal y social. De esos pilares invisibles que forjan la empatía y el respeto.

Reconozco que, en otro tiempo, también participé en la creación de memes. Lo hice sin reflexionar sobre las consecuencias. Hoy sé que utilizar mal la tecnología es también una forma de violencia simbólica. He visto con tristeza cómo ese tipo de contenido produce efectos devastadores, y cómo se vuelve una forma de exclusión y control emocional.

Desde muy pequeño me sentí atraído por el arte, y gracias a ello estudié Artes y Humanidades. Recuerdo una vez, en la escuela, dibujé una manzana que un compañero me quiso “comprar” a cambio de un helado. No era verdad, por supuesto, pero aquello me motivó a superarme. Realicé otro dibujo, mejor aún. No obtuve la nota más alta, pero comprendí que había creado algo bello. Desde entonces, pinté más, canté, e incluso encontré refugio en la lectura y en la oración. Aunque no lo llamaba arte, sentía que estar en comunidad, en silencio y con respeto, también era una forma de expresión. En ese tiempo aún no conocía otras creencias.

Otra escena me acompaña: solía recoger piedras de formas curiosas para construir un castillo. Quería enseñárselo a una vecina. Mi habitación terminó llena de rocas. Me tomó dos semanas reorganizar todo como un pequeño arquitecto en medio del caos. Esa experiencia me enseñó que también se crea con los materiales más simples. Poco después, la música se volvió central: canciones infantiles, fábulas cantadas... todo era juego y símbolo. Con el tiempo, tristemente, olvidé algunas de esas melodías.

El estudio de las artes y las humanidades me ofreció algo que ninguna otra disciplina me dio: una manera de mirar el mundo con profundidad creativa. Gracias a ello, escribí cuentos, diseñé juegos, imaginé mundos. Recuerdo con particular afecto un microcuento que redacté en la universidad: hablaba del “héroe”, ese arquetipo profundo del inconsciente colectivo. No conservo el texto, pero tengo la certeza de que alguien, en algún lugar, lo leerá algún día. Esa certeza basta.

Hoy puedo afirmar que mi soledad —lejos de ser una carencia— ha sido un espacio fértil. No manifesté mi voz en las calles ni en las plazas. Lo hice aquí, en este rincón digital. Aquí, mientras lucho contra la agorafobia, la epilepsia y otras sombras que me acompañan. No he vuelto a caer. O al menos, no del todo. Y aún conservo una reflexión que resume mucho de lo vivido:

“La educación nace en el hogar. Nadie es perfecto. Si lo fueran, entonces el Edén debería estar censado. Pero no todos cabrían en ese jardín.”
– Marco Vinicio

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